La castidad, el lenguaje del amor

24 mayo 2009

La castidad, el lenguaje del amor

El hombre consciente y libre dirige su vida, ¿hacia dónde? Hacia donde le indique su inteligencia animada por su corazón.

El ser humano, rico en valores –que desarrolla hasta la virtud–, es capaz de buscarlos, de encontrarlos, y es libre para adherirse a ellos o no. La castidad es una de esas virtudes que vale por sí, que cuesta porque es preciada, y que llena porque, con lo que exige, la recompensa es siempre mayor. Pero el casto no nace, se hace, implica un proceso de educación. Cada forma de vida, condición y vocación, precisa su educación en la castidad y, todas, dentro de la misma sociedad, la nuestra. (Carmen María Imbert)

Comencemos con una ilustración muy sencilla, pero curiosa; la de la estupidez en la que vivimos. Y es que, a pesar de que he visto a muchas personas criticando la castidad, a veces furiosamente en contra, y otras, las menos, defendiéndola con discursos débiles, nunca he visto a ninguno empezar preguntándose qué es la castidad. Emiten una mueca burlona al escuchar su nombre, la denigran con críticas negativas, la hacen añicos y exhiben los trozos como muestras, pero nunca la miran a los ojos. Nadie se pregunta, aunque sólo sea por curiosidad humana, qué es, o por qué es, o por qué la mayoría de la Humanidad cree que debe ser lo que no es. Para no caer en la misma estupidez, empecemos definiéndola.

Si acudimos al diccionario de la Real Academia, la castidad se define como «la virtud del que se abstiene de todo goce sexual, o se atiene a lo que se considera como lícito». Pero si consideramos esta virtud desde su dimensión plena y positiva, no como una negación de otra realidad, es necesario hacer justicia y completarla. El Catecismo de la Iglesia católica responde así en el número 2.339: «La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado».

Todos estamos llamados a la castidad, a disfrutar del valor de la castidad. Todos, sin discriminaciones. Por eso se puede hablar de castidad en la juventud, castidad en el matrimonio, castidad en la consagración, castidad en la ancianidad, castidad en la viudedad. Y en todo caso ocurre lo mismo: la persona que va más allá de los valores útiles o vitales y llega a los espirituales, en este caso, al vivir la castidad, conoce en sus propias carnes lo que significa el amor pleno. Ahí radica el valor de esta virtud, en que sirve de lupa de aumento ampliando las potencias humanas hasta realizar plenamente a la persona.

Virtud que vale y cuesta

A todo ser humano le atrae la idea de ser él mismo, de controlar la situación, de llevar las riendas. Quizá ésta sensación sea mayor si lo que gobierna es lo más preciado, lo más suyo. En la persona lo más valioso es su corazón, su capacidad de amar. La castidad es precisamente esa virtud de gobierno, control, dominio, esa gimnasia del corazón que mantiene en forma la dimensión sexual de la persona y su posibilidad de mayor amor.

Los malos ojos con los que se ha mirado con frecuencia esta virtud responden al ser perezoso que llevamos dentro, a la ley del mínimo esfuerzo. No es fácil amar, a pesar de la falsa apariencia que, en películas, series, novelas y foros diversos, se le ha dado a esta cualidad humana, reduciéndola, en la mayoría de los casos, al aspecto genital. Una falsedad repetida y repetida, no se convierte en verdad, pero se manifiesta como algo normal, al menos normalmente aceptado, que, con la insistente repetición, pasa de normal a normativo: «Si no haces el amor con él, es que no le quieres de verdad». Confusión, complejos y pobreza personal se dan al sesgar esta capacidad de la persona. Sólo los que piensan por sí mismos, y no les piensan, los que viven libres sin el lastre del qué dirán, o peor, qué pienso que pensarán, son capaces de dar el salto a lo auténtico, aunque, como se dijo más arriba, no sea fácil, aunque suponga exigencia, porque vale la pena, como sintetizó el filósofo francés Maurice Blondel: «El amor es lo que de verdad hace que seamos».

El escritor y periodista inglés con más sentido común, inteligencia y elocuencia, sazonado todo con una abundancia generosa de sentido del humor, Gilbert K. Chesterton explica: «En todas las épocas y pueblos, el control normal y real de la natalidad se llama control de uno mismo». Esto mismo se puede referir a la castidad, control de uno mismo desde la raíz. Pero eso cuesta, y pocos, muy pocos, serán capaces de proclamar y defender esta práctica, porque no es fácil, supone un esfuerzo como todo lo que vale. Sólo aquellos pioneros, aquellos que quieran a las personas por ellas y no por lo que tienen, tendrán el valor de proclamar la castidad, si les dejan. El teólogo y jesuita español padre Juan Antonio Martínez-Camino escribió un artículo en enero de 1999, con motivo de la campaña contra el sida que, bajo el eslogan publicitario Si te lías… úsalo, animaba a los jóvenes madrileños al llamado sexo seguro, equiparado al preservativo. Envió el artículo a un diario español de tirada nacional que se autodefine como independiente, y que nunca se publicó, ¿por miedo, complejo, estrechez? «La Iglesia predica la castidad.

La sexualidad humana no es ni una evasión, ni un objeto de consumo; es cauce maravilloso para expresar un amor verdadero. La castidad no es la represión de la sexualidad, sino la fuerza virtuosa que le da sentido humano. Lo cual, como todo lo que vale, tiene un precio». La Iglesia es una de esos pocos que se atreven a mostrar el beneficio de la castidad. Y precisamente cuando falla en esto en alguno de sus miembros, es la sociedad misma, que para sí desprecia esta virtud, la que se apresura a recordárselo, a exigírselo, quizá porque en el fondo no se desprecie la castidad, sino el esfuerzo que se precisa para vivirla. Ejemplos de esto hemos tenido no hace mucho, pero son tan viejos como la vida misma, y de ellos es bueno aprender. Uno de los casos más escandalosos dentro de la Historia ha sido el de aquel joven de Hipona al que, con el tiempo y su virtud, se le conoce por san Agustín.

En su libro Confesiones declara que había una cosa que lo detenía: el miedo a no ser capaz de ser casto: «Las cosas más frívolas y de menor importancia, que solamente son vanidad de vanidades, esto es, mis amistades antiguas, ésas eran las que me detenían, y como tirándome de la ropa parece que me decían en voz baja: Pues qué, ¿nos dejas y nos abandonas? ¿Desde este mismo instante no hemos de estar contigo jamás? ¿Desde este punto nunca te será permitido esto ni aquello? Pero ¡qué cosas eran las que me sugerían, y yo explico solamente con las palabras, esto ni aquello!»

Sobre lo erótico

La tesis cristiana consiste en afirmar la unidad de las dimensiones: el ethos (es decir, el respeto y el amor a la persona por sí misma, en la acogida y en el don de sí) es la forma madura del eros. Ethos y eros, lejos de contraponerse como enemigos, están llamados a encontrarse y a fructificar juntos. Precisamente subordinándose al ethos, el eros se conserva y se mantiene. La castidad implica una justa valoración del cuerpo y de la sexualidad, que no es represión, ni tampoco idolatría. La ética cristiana recuerda que no está en el cuerpo, reductivamente considerado, la clave de la verdadera felicidad, ni tampoco de lo sexual.

Ésta está sobre todo en la totalidad de la persona, en la que está impresa la imagen de Dios, llamada a vivir el don de sí y la acogida del otro y a expresar así, también mediante la sexualidad, aquella comunión de personas, que se hace semejante, en algún modo, a la perfección de la vida de amor de la Santísima Trinidad.

(Livio Melina, Vice-Presidente del Instituto Juan Pablo II)

Castidad en la juventud

La juventud es el período de vida en que más se necesita de esta virtud, precisamente porque es cuando se experimentan los tirones hormonales y pasionales más fuertes, como vientos impetuosos que parecen difíciles de controlar. Es aquí donde comienza a tomar rumbo propio la vida, y dar un paso en falso en este momento tiene consecuencias de mayor trascendencia.

El joven lleno de pasión cae en el error -si no se le educa a tiempo y sin complejos– de creer que puede separar perfectamente el plano psicológico del espiritual y del biológico; y que puede no vivir en castidad sin que tenga consecuencias. Es una tara del educador de hoy.

No se habla de castidad al joven porque –se dice– no lo va a entender, no lo puede vivir y, lo más absurdo, se le puede frustrar. Precisamente –apunta el psicólogo vienés Victor Frank–, «uno de los desarreglos psíquicos que padecen muchas de las personas actualmente no es la llamada represión sexual, como pensaba Freud y buena parte de sus epígonos, ni el complejo de inferioridad como afirmaba Adler, sino el vacío interior que sigue a la pérdida del sentido de la vida».

Hoy, más que nunca, el alto porcentaje de jóvenes que pierden el sentido de vivir, o al menos viven como a rastras, se debe a un vaciamiento progresivo de amor en su relación con los demás, a un pretender separar sexo de amor; más aún, a pensar que son sinónimos. Y si las consecuencias no se perciben en la juventud, queda un lastre para cuando se es adulto, con una inmadurez afectiva, que ya no sólo le hará fracasar en sus relaciones futuras, sino que, como el ser humano es una unidad, afectarán a otros campos de la vida, con el asombro de quien lo padece, que no acertará a reconocer cuál es la causa de tal enfermedad.

Al joven se le educa, y se autoeduca, en la castidad cuando se le educa la voluntad. Esa capacidad de ponerse metas pequeñas que apuntan a un fin más alto. Sin voluntad el joven está condenado a la tiranía del capricho, y ésta puede ser mortal para su sexualidad. El joven no conoce su futuro, y por mucho que lo intenten adivinar horóscopos y tarot, lo cierto es que él es el único albañil de su porvenir. Necesita, por supuesto, de algún que otro arquitecto que le indique.

Lo que haga con su corazón, las muescas que le vaya haciendo, aun sin saber el alcance que pueden tener, más tarde o más temprano habrá que curarlas. El psiquiatra Enrique Rojas, en su estudio sobre la personalidad y la autoestima titulado ¿Quién eres?, habla del inmaduro afectivo: «No sabe decir que no a los nuevos e inesperados afectos con los que puede romper el equilibrio de la pareja, porque le resultan divertidos y le alejan de la monotonía. Esta filosofía del me apetece convierte a la persona inmadura en veleta giratoria y sin rumbo, en alguien zarandeado por el estímulo inmediato». La responsabilidad entonces no recae en el uso del preservativo, sino que la asume el joven que preserva su integridad.

Castidad en el noviazgo

La castidad se hace más necesaria todavía en el noviazgo. No es una razón de papeles, sino de un marco de referencia donde existe la entrega total; un Te amo que implica no terminarse en el tiempo, es decir, una entrega de la persona y una acogida del otro con totalidad, y eso incluye también la dimensión pública. Si no se hace así, ni se tiene ni se recibe, ni se acoge. La Madre Teresa de Calcuta, en unas palabras dirigidas a los novios, les proponía que el regalo mayor que podían hacerse el día de su boda era el regalo de su propia virginidad. Pero hay muchos casos de novios que acuden al matrimonio con una experiencia sexual ya vivida que anuncia la dificultad para que esto se dé.

Esa dificultad de vivir la castidad en el noviazgo no radica en la debilidad, ante la que contamos siempre con el sacramento del Perdón, que cura las heridas y restablece la pureza del amor, haciéndolo más fuerte y capaz de lo mejor. Hay que reconocer que otros planteamientos que, en principio, parecen liberar más a la persona, la están condenando a vivir en manos, únicamente, de su propia libertad y, por tanto, condenada a sus errores. Los novios que entienden que las relaciones prematrimoniales son un egoísmo consentido a dúo, que imposibilita comprender la densidad de la entrega conyugal, han puesto ya los cimientos sólidos y resistentes de un edificio que difícilmente se lo llevarán las mareas propias de la vida matrimonial.

A pesar de lo que se diga o, mejor, de lo que cuenten, la castidad es la única forma de conseguir un amor amplio, más allá de lo biológico, no amando sólo con el cuerpo sino con el corazón, más allá del Carpe diem. La castidad es una virtud moral, y, por tanto, requiere, además de la gracia, un esfuerzo. No es imposible, y aunque aterra ver cómo se repite y se pregona su impracticabilidad en series, películas, programas y distintos medios con estrechez de horizonte, aterra más aún su llamativa tendencia a generalizar esa estrechez.

Ecología sexual en el trabajo

El valor del pudor y la serenidad en los encuentros mujer-hombre ofrecen la posibilidad de evitar situaciones no deseadas y siempre de lamentables consecuencias.
Una cultura del pudor, de la prudencia en las relaciones dentro del ámbito laboral y profesional, separando lo personal de lo específicamente laboral, sin confusiones o enredos desafortunados, además de una difusión de los valores cristianos, ayudará a crear una cultura serena y respetuosa.

Las experiencias y pistas de profesionales veteranas pueden ayudar a decidir qué es lo más prudente en cada caso. Además existe una legislación española al respecto que puede facilitar la defensa también legal de los derechos inviolables de la mujer. Se debe contribuir a la difusión de una cultura que favorezca la virtud cristiana de la castidad en la línea del Catecismo de la Iglesia católica, que enfatiza la conveniencia de crear una nueva cultura, de limpieza o ecología sexual frente al hedonismo dominante.

(Rafael Hernández Urigüen en: Una ética para secretarias y ayudantes de dirección. Ed. Grafite)

Virtud que llena

Cualquier vocación es un don inmenso que exige una conquista diaria. Para el consagrado o el célibe, la castidad, más amplia al entenderla en la virginidad, es la clave para conseguir tener un corazón indiviso, sin fisura. Todos entendemos que, cuando se consagra una copa para el servicio eucarístico, ese vaso toma la condición de sagrado, por pertenecer desde ese momento, de un modo exclusivo, a Dios. Cuando se consagra una persona, no es una consagración sólo del cuerpo; también se entrega el ánfora del corazón. Y éste es como el frasco de los perfumes, necesita mantenerse bien cerrado para no perder su aroma.

El corazón del célibe, del consagrado, requiere y necesita humildad, oración, mortificación, penitencia, silencio y guarda de sentidos. Todo, desde una ascesis que guarde lo más preciado, lo más sensible, lo más débil, el corazón. Cantaré, cantaré incansablemente, aunque tenga que sacar mis rosas entre espinas. Ascesis, sí, esa palabra que a algunos se les atraganta y a muchos les da libertad de espíritu y de cuerpo; ascesis que se concreta en un constante trabajo por purificar el corazón. La maduración afectiva que estabiliza una vida consagrada no se consigue en un día. Es el producto de una lenta multiplicación de pequeñas victorias. Requiere delicadeza que potencie la dimensión esponsal de la consagración, y entusiasmo apasionante por una misión que llena la vida. El mayor riesgo es mantenerse ocioso. El consagrado que precie su corazón sabe que debe estar siempre ocupado, vivir la vida y no dejar que la vida le viva a él.

La política para la castidad del consagrado respecto a las demás personas se resume, a la luz de Las Cautelas de san Juan de la Cruz, en la igualdad de trato; en las manifestaciones exteriores y en los afectos del corazón, dirigir, quizá forzando en un primer momento, amar de forma ecuánime y magnánima; no caer en ninguno de los dos extremos: ni preferir a unas personas más que a otras, ni profesionalizar la vocación no amando a cada persona en particular. Sencillo y complicado a un tiempo; necesario siempre. La solución: enamorarse de Cristo. Ya lo decía el santo Claudio de la Colombière: «Para hacer mucho por Dios es necesario ser todo suyo». «¿Quieres conservar tu corazón puro? –preguntaba el jesuita padre Tomás Morales–. Entrégalo a todos sin dárselo a nadie».

Es difícil entender por medio de qué contorsiones de pensamiento retorcido se ve malo lo que es bueno, y al revés; es lo que ocurre respecto a la castidad. Cabe discernir, como lo hacía Cervantes en labios de don Quijote: «Ni todos los que se llaman caballeros lo son del todo en todo; que unos son de oro, otros de alquimia, y otros parecen caballeros; pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer caballeros, y caballeros altos hay que a posta mueren por parecer hombres bajos; aquéllos se levantan o con la ambición o con la virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones».

No se trata de empeñarse simplemente en defender la virtud de la castidad. Lo que debe quedar claro es que es tan fácil defenderla hoy como en tiempos de Cristo. Es un don del todo fuera del tiempo; difícil en todas las épocas, imposible en ninguna.


Los homosexuales no existen

24 mayo 2009

Cabe preguntarse, como haría un niño que está aprendiendo a hablar y por lo tanto a razonar, si los homosexuales, igual que las hadas, las brujas o los extraterrestres existen o no existen. Preguntémonoslo: ¿existen los homosexuales?

Parece que Gore Vidal le robó la idea a Tennesse Williams: homosexual es adjetivo y no sustantivo. Es decir: no existe como sustancia, sino como cualidad, accidente o circunstancia colateral. Hay amores homosexuales, incluso relaciones homosexuales, incluso personas, si se empeñan en serlo y se identifican con la etiqueta correspondiente, homosexuales, pero no hay “homosexuales” a secas. Lo mismo sucede con los heterosexuales, que tampoco existen. Hay amores heterosexuales, incluso personas heterosexuales, que hacen profesión de su heterosexualidad, por ejemplo esos hombres que no hacen más que repetir: “A mí me gustan mucho las mujeres”, como si quisieran convencer a los demás y en primera instancia a sí mismos de ello. Y ya se sabe lo que dice el latinajo: excusatio non petita, accusatio manifesta: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Un adjetivo no puede convertirse en un sustantivo impunemente, porque eso supone concederle en este caso a la conducta sexual una condición identitaria casi sacramental, dadora de identidad.

Sin embargo hay intereses creados: se quiere que los homosexuales existan: se habla incluso de arte, cultura, vida homosexual o con anglicismo aberrante gay, los propios homosexuales reclaman su gay pride, el orgullo de ser gay. Y no: no existen los homosexuales y todo eso de la cultura homosexual y demás no son más que zarandajas que se inventa la sociedad de consumo para ampliar su clientela: la luna de miel gay es un invento de las agencias de viaje para meternos un paquete turístico por salva sea la parte.

Y sin embargo, como las brujas, puede que haya homosexuales, aunque no existan. Puede que haya maricones. Algunos lo somos, algunos somos un poco maricones o unos mariconazos, para qué engañarnos.


Pornografía: grave atentado contra la dignidad humana

24 mayo 2009

Tras sus 40 años de sacerdocio, Monseñor Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington, hace un profundo análisis sobre las graves consecuencias que ha traído la propagación de la pornografía en la sociedad actual, atentando no solo contra el ser humano como individuo, sino contra el matrimonio y la familia. En esta artículo, monseñor Loverde refuta los falsos argumentos que tratan de justificar la pornografía y se dirige a los distintos grupos de la sociedad para que unidos combatan este flagelo. Estos son apartes de su pastoral, escrita en el 2006.

“En mis cuarenta años de sacerdocio, he presenciado la propagación del mal de la pornografía como una plaga a través de nuestra cultura. Lo que alguna vez fue un vicio vergonzoso y poco frecuente de unos pocos, se ha convertido en la principal forma de entretenimiento de muchos.

Esta plaga arruina el alma de los hombres, las mujeres y los niños, destruye los vínculos del matrimonio y victimiza a los más inocentes entre nosotros. Se ha justificado como un canal de libre expresión, apoyado como una iniciativa comercial y permitida como apenas otra forma de entretenimiento. No se reconoce ampliamente como una amenaza a la vida y a la felicidad. No suele tratarse como una adicción destructora. Cambia la forma en que los hombres y las mujeres se tratan entre sí a veces de forma asombrosa, pero a menudo sutil. Y no va a desaparecer.

Una falta grave

En una cultura que ve la pornografía apenas como una debilidad privada o aun como un placer legítimo que debe protegerse por ley, es preciso repetir aquí la enseñanza constante de la Iglesia Católica. En palabras sencillas, el Catecismo de la Iglesia Católica condena la pornografía como una falta grave (CIC 2354).

La inmoralidad de la pornografía proviene, en primer lugar, del hecho de que distorsiona la verdad sobre la sexualidad humana. Desnaturaliza la finalidad del acto sexual (CIC 2354), la entrega íntima de un cónyuge al otro. En vez de ser la expresión de la unión íntima de vida y amor de una pareja casada, el acto sexual se reduce a una fuente degradante de entretenimiento y aun de lucro para otros.

Por lo tanto, me permito recordar a todos los fieles que el uso de pornografía, es decir, su fabricación, distribución, venta o visualización, es un pecado grave. Quienes participen en esa actividad con pleno conocimiento y consentimiento cometen un pecado mortal.

Entonces, ¿por qué sucumben tantos a una tentación tan obviamente contraria al bien de la persona humana? Por lo menos en parte, es por causa de la duda y la confusión ocasionada por los falsos argumentos de quienes justifican este comportamiento. A esos falsos argumentos me referiré ahora antes de ofrecer orientación.

Falsos argumentos

“No hay víctimas, por lo tanto, nadie sale lesionado”
Esta justificación de la pornografía, suele comenzar con una consideración de la actividad como un intercambio privado entre los espectadores y los productores y distribuidores del material. En esa consideración, hay “libre” elección por parte de adultos que realizan un acto por su propia voluntad para atender una “necesidad” y recibir compensación por ello. La ilusión inherente en esta racionalización está en creer que todos los participantes terminan el intercambio como las mismas personas que entraron en un principio, sin sufrir ningún daño. Al igual que todas las racionalizaciones, esta es una ilusión.

La primera ilusión está en que la visualización de los hombres y las mujeres en relaciones íntimas no los perjudica como personas. A menudo eso no es verdad ni siquiera en un plano físico. Al aprovecharse de las personas vulnerables y necesitadas, la industria de la pornografía a menudo las incita a tener patrones de comportamiento más arraigados y peligrosos hasta que el daño físico es inevitable. Con todo, la misma naturaleza de la pornografía lleva a cometer un acto de violencia contra la dignidad de la persona humana.

La pornografía hace de la intimidad una mentira. Al distorsionar la propia característica humana que promete poner fin al aislamiento, la pornografía lleva al usuario no a la intimidad, sino a un alejamiento aún más profundo. El propósito divino de la sexualidad humana es satisfacer el anhelo de comunión con otro y traer a la persona al vínculo del amor que da vida y la nutre.

“El uso moderado de la pornografía puede ser terapéutico”
Algunos defienden la posición de que los actos sexuales, en general, y el uso de la pornografía, en particular, satisfacen la más básica de las necesidades humanas. Esta posición plantea que la pornografía puede proporcionar una cierta medida de satisfacción humana y de consuelo para quienes encuentran que la intimidad en el matrimonio es imposible o, por lo menos, inexistente.

Esta opinión presupone que la actividad sexual en sí o el acto de ver a otros que participan en ella es de alguna manera de la misma naturaleza que la verdadera intimidad humana. De hecho, la intimidad a la que aspiran todas las personas es la antítesis de la experiencia explotadora y deshumanizante del uso de imágenes pornográficas. En lugar de proporcionar consuelo o satisfacción, el uso de pornografía no sólo conduce inevitablemente a experiencias insatisfactorias repetidas, sino que exige una intensificación del estímulo. Cada intensificación y cada experiencia degradan y desensibilizan al espectador con respecto a la belleza y la nobleza de la persona humana.

No puede haber un uso “moderado” de la pornografía como tampoco puede haber un uso “moderado” del odio o del racismo. Presentar esa posibilidad es aceptar una caída en el mal, paso a paso. Cualquier alivio aparente será efímero y las consecuencias duraderas harán que la resistencia futura sea aún más difícil y que posiblemente se intensifique hasta convertirse en una adicción.

“La pornografía puede ser una ayuda para el proceso de maduración emocional y sexual”.
A menudo el uso de la pornografía se considera como una parte “natural” del proceso de maduración, una forma mediante la cual los jóvenes pueden llegar a entenderse como personas sexuales. Los padres, quizá al recordar sus propias dificultades, pueden hacerse los ciegos en cuanto al uso de la pornografía por sus hijos. En lugar de alentar a los jóvenes a lograr dominio y respeto de sí mismos, esta actitud presenta a los jóvenes un futuro que depende del capricho y de la oportunidad.

El uso de pornografía por los jóvenes evita comprender la sexualidad humana integrada con la propia expresión y la intimidad que es la plena expresión de la persona humana. En lugar de crecer para apreciar la santidad de la persona, los jóvenes atrapados en la red de la pornografía comienzan a relacionarse con otros y consigo mismos como objetos.

La pornografía no puede ayudar a adquirir madurez porque todo lo que ofrece es una mentira sobre la persona humana: la posibilidad de explotar a una persona. El uso de la pornografía por los jóvenes dificulta más su auténtico desarrollo sexual y emocional por la manera falsa de presentar la interacción humana. Se debe orientar a los jóvenes para que luchen por alcanzar la madurez del control propio y de la modestia y para que, de esa forma, puedan convertirse en personas plenamente integradas, respetuosas de otros y de sí mismas

“La oposición cristiana a la pornografía proviene del odio del cuerpo expresado por los cristianos”.
Los defensores de los derechos de “libertad de expresión” de quienes practican la pornografía a menudo presentan la defensa de la pureza por parte de la Iglesia como algo puritano más que pastoral. Los defensores de esta empresa delictiva se presentan como defensores de un verdadero humanismo y señalan que las enseñanzas cristianas sobre castidad son “antihumanas”. La Iglesia se presenta como una entidad que odia el cuerpo humano y, por lo tanto, reacciona contra la naturaleza humana.

Esta mentira se ha enunciado tantas veces a lo largo de la historia de la Iglesia que muchos la aceptan como un elemento central del pensamiento cristiano. De hecho, la verdad es exactamente lo contrario. La Iglesia siempre ha condenado la doble comprensión del espíritu como bueno y del cuerpo como malo. Dios creó todas las cosas, tanto el espíritu como la materia, y vio que su obra era buena (véase Gen.1). La resurrección del cuerpo es nuestra esperanza, y nuestro reconocimiento del cuerpo como parte integrante de la persona humana es la base de la castidad cristiana.

Una palabra para el sector público

Las autoridades públicas tienen la responsabilidad de defender y ennoblecer las normas de las comunidades a las cuales sirven. La protección de una empresa delictiva multimillonaria que destruye la vida de las personas que aparecen en el material pornográfico y de los integrantes del público previsto bajo la excusa de protección de la libertad de expresión, no es un servicio, sino un acto de complicidad.

Las autoridades públicas deben trabajar incansablemente para promulgar y cumplir leyes que contribuyan a una cultura que respete la vida de todos los ciudadanos.

Esta empresa delictiva conocida como industria pornográfica es un delito contra las personas indefensas y carentes de apoyo a las cuales destruye, y es una afrenta contra un pueblo civilizado. La continua tolerancia de este tóxico veneno insidioso que se esconde bajo el disfraz de libertad de expresión y libertad de conciencia contribuye a la degradación de nuestra cultura y a la victimización de nuestros propios niños.

Orientación para los jóvenes

Me dirijo con particular preocupación a los jóvenes que son mis hermanos y hermanas en Cristo. Temo que todo el peso de la rendición de nuestra cultura a la pornografía recaiga sobre sus hombros, tanto en la actualidad como en los años venideros. No solamente se han convertido ustedes en blanco de esta empresa delictiva como fuente de lucro financiero, sino que deberán sufrir el empobrecimiento de la noción de intimidad proveniente de una cultura que ha confundido el amor con la autogratificación.

Muchos miembros de la sociedad han aceptado la falsa expectativa de que los jóvenes no pueden controlar sus deseos naturales y practicar la virtud de la intimidad casta. Esta creencia, de que es poco práctico o aun poco natural evitar la impureza y la complacencia en la fantasía pornográfica, es una mentira y está muy lejana del pensamiento de la Iglesia. La aceptación de esa mentira de inmadurez se convierte en la excusa para dejar de lado la vital importancia del fortalecimiento de las virtudes de la modestia y la castidad, que ocupan un lugar central en su futura felicidad.

Orientación para las parejas casadas y comprometidas

El verdadero guardián y vigilante de la extraordinaria dignidad del ser humano es la familia, en particular, los esposos y las esposas, que ejercen una función tutelar de la santidad de la vida. La pornografía no solamente presenta un peligro para la promesa de fidelidad que es el elemento fundamental del vínculo matrimonial, sino que amenaza el desarrollo moral y sexual de los niños cuya educación se confía al cuidado vigilante de los padres. Los esposos y las esposas son los combatientes más inmediatos y directos en la lucha contra la pornografía.

Si bien los esposos y las esposas comparten la misma dignidad como personas, no comparten las tentaciones por igual, sobre todo la tentación relacionada con el azote de la pornografía. Cabe reconocer que el uso de la pornografía en gran parte, aunque No exclusivamente, está relacionado con los hombres. Si un matrimonio comienza a desmoronarse por la pornografía, esta última será introducida muy probablemente por el esposo.


El chocolate, un remedio para el desamor

24 mayo 2009

El chocolate es la perdición de hombres y mujeres. Es una placer, una delicia, un encuentro con las sensaciones suculentas de la vida, es subir al cielo y bajar entre nubes. No hay nada más rico que disfrutarlo. El chocolate es como… como… ¡como el enamoramiento!

Lo anterior es una gran verdad, el xocolatl como lo nombraban nuestros ancestros, contiene una sustancia muy similar a la que segrega el cuerpo cuando está enamorado. Por ello no es fortuito que el chocolate se regale entre los enamorados aunque lo mejor sería regalarlo en el desamor para compensar la necesidad de sentir “el amor” recorrer por las venas.

El chocolate, el dulce de los enamorad@s

Nunca más cierta la frase “el amor es una cuestión de química”. Así es, el enamoramiento tiene que ver con procesos químicos. Una segregación de sustancias se disparan en nuestro cuerpo, entre ellas la feniletilamina, responsable de las sensaciones y modificaciones fisiológicas que experimentamos cuando estamos enamorados.

Durante un estudio realizado por los médicos Donald F. Klein y Michael Lebowitz del Instituto Psiquiátrico de Nueva York a pacientes aquejados “de mal de amor”, una depresión psíquica causada por una desilusión amorosa, se dieron cuenta que estos pacientes consumían obsesivamente grandes cantidades de chocolate, un alimento rico en feniletinamina. Los pacientes se automedicaban para compensar la falta de esta sustancia en su cuerpo.

Llegaron a la concusión que el chocolate brinda ciertas sensaciones similares al estar enamorado: placer, sensación de armonía, engolosinamiento, sentir que por un instante se pierde uno en el espacio, que se flota.

Por otra parte, el 50% de las mujeres entrevistadas para el libro Por qué necesitan las mujeres del chocolate confesó que elegiría el chocolate antes que el sexo. Hay quienes al chocolate lo llaman EL PROZAC VEGETAL.

¿Una tacita de chocolate?

Así que si te aqueja un mal de amores, o conoces a alguien triste porque en su cuerpo falta feniletilamina, no busques darle consuelo con consejos. Mejor anímense frente a una deliciosa taza de chocolate a seguir deleitándose con los placeres de la vida. O bien, sentad@s frente a una potente y calorífica caja de chocolates (suizos o alemanes de preferencia –excelente resultado del mestizaje y exportación) pasen una revitalizadora sesión.
Nada mejor que un chocolate para endulzar el alma, calentar los motores de nuestro interior y seducirnos.