Los hijos: ¿gasto o inversión?

“Los hijos vienen con el pan debajo del brazo”, es solo una historia del pasado.

En muchos países se premia a las familias numerosas, pues la población está envejeciendo, en otros, como es el caso de China, sólo se permite tener un hijo.

En nuestro medio, aun en los sectores medios, el ideal es “tener la parejita”, es decir el varón y la hembrita.

Los novios están casándose o uniéndose a mayor edad y la decisión de tener el primer hijo se está posponiendo. “Hay que pensar primero en el carro y en la casa”, ha comentado una parejita de empleados públicos.

Los gastos que implican el embarazo, el parto y la manutención de los primeros años de uno o más hijos, provocan que los compañeros sentimentales utilicen de forma racional los métodos anticonceptivos.

Los costos de una cesárea aun con ayuda de las llamadas aseguradoras (ARS), pueden estar sobrepasando los 40 mil pesos ($1,200 dolares).

El primer embarazo siempre crea en la gestante la tensión de si

su primer hijo “ saldrá normal”.

Un matrimonio integrado “conoce las malas noches” que provoca el proceso de lactancia, sueño y vigilia de la primera criatura.

Cuando llegó la niña después de un varón, una pareja en ascenso económico, se planteó la necesidad de obtener un apartamento de tres habitaciones y entonces todo el esquema de progreso del matrimonio en producción y ahorro se modificó.

Un tercer embarazo casi nunca es confesado como “lo estábamos buscando”, sino como un accidente.

Los años pasan, los hijos crecen y se desarrollan.

Tribulaciones y alegrías con cada incidente: unos salen enfermizos; otros son brillantes en la escuela; algunos hijos se constituyen temprano en “un verdadero dolor de cabeza”.

Tener y mantener hijos es una verdadera caja de sorpresas.

Ejercer la autoridad y obtener el equilibrio frente a nuestros hijos constituye un ejercicio de negociación permanente.

A veces uno se pregunta: ¿ha valido la pena crear y criar tantos hijos solo a cambio de preocupaciones?

Los padres experimentan esa grata sensación del deber cumplido y se vuelven a realizar con la aparición de los nietos, que al decir popular, “se quieren por partida doble”.

Cada onza de afecto y buenos ejemplos dados a nuestros hijos siempre se traduce en toneladas de buenos ciudadanos, y ahí reside la satisfacción que genera nuestra inversión.

Jamás nuestros hijos serán un gasto y muchas veces, la recompensa la sentimos cuando orgullosos proclamamos: “ese que usted ve ahí… ese es mi hijo”.

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