El padre Alberto y el matrimonio

20 junio 2009

¿Tenía derecho el ex sacerdote católico Alberto Curié a tener una mujer para satisfacer sus necesidades sexuales y afectivas, tan lógicas, normales y acorde con la Madre Natura? Claro que tenía todo el derecho del mundo.

¿Tenía derecho el ex sacerdote católico Alberto Curié a hacer pública y descarada esa relación, hasta el extremo de estar los dos casi desnudos en una playa, besándose, abrazándose y hasta dando mano muerta tanganista? De ninguna manera, porque una cosa es con guitarra, otra cosa es con violín y una tercera es con descaro, burla, cinismo, desprecio y hasta una lujuria oportunista y vulgar.

¿Tenía derecho el ex sacerdote católico Alberto Curié a dar a conocer de manera formal, respetuosa hacia su Iglesia y sus feligreses, con moderación y sin alarde machista que tenía años compartiendo cama, y algo más, con una mujer¿ De haberlo hecho así, hubiera estado en lo correcto, en lo justo, en lo equilibrado, en su prerrogativa y en su respeto hacia la Iglesia que lo apoyó durante tantos años y hacia los católicos que creyeron en su “sinceridad”.

Pero… hacerlo como lo hizo, como un astro pop, como una estrella de cine, como un chulo rurirosiano, como un lujurioso playero, como un tineyer desbocado o como un simple ciudadano en busca de playas, mujeres, alcohol, nalgas, tetas, lenguas y poponitas, eso lo hundió, lo desacreditó, lo desenmascaró, lo ridiculizó, lo patetizó, y hasta lo convirtió (aunque en el fondo parece que siempre lo fue) en un oportunista a la espera de la primera oportunidad para cobrar la fama, el prestigio, y la influencia ganadas a costa de una Iglesia que traicionó y de millones de feligreses a los que despreció, engañó y burló.

¿Necesitaba el sacerdote tránsfuga dejar el celibato y desarrollar una vida normal con una mujer, formando un hogar, teniendo hijos y nietos y satisfaciendo sus necesidades del cuerpo y del alma en lo referente precisamente a ese estilo normal de vida?

Si él, el cura que traicionó a su Iglesia, a su gente ya a Dios, necesitaba lo antes señalado debió hacerlo de una manera decente, respetuosa, abierta, clara, diáfana, espontánea, honesta, religiosa, sin alardes, sin estridencias, con descaro saobichano, sin exhibicionismo, sin gritarlo ni exhibirlo a los cuatro vientos y, sobre todo, sin ese espectáculo desagradable, de decirle al mundo que debajo de esa sotana, había un hombre, pero un hombre no para la responsabilidad contraída con Dios, con su Iglesia, con sus seguidores y con las exigencias de precisamente su propia Iglesia Católica, Apostólica y Romana.